ARTÍCULO DE ANTONIO CAMUÑAS EN EL ESPECTADOR INCORRECTO

22/06/2018

ARTÍCULO DE ANTONIO CAMUÑAS EN 'EL ESPECTADOR INCORRECTO'

El fundador de Global Strategies ha vuelto a participar el número anual editado por  Actualidad Económica, junto a destacados profesionales, con el artículo que encontrarán a continuación.


Cada generación comparte unas experiencias comunes que conforman lo que hoy en día se ha dado en llamar un relato colectivo del tiempo que le ha tocado vivir.  Y es de ese tiempo del que uno puede hablar con verdadero conocimiento de causa, aun asumiendo la subjetividad inevitable que todo punto de vista personal comporta. 

El panorama que contemplábamos la generación comprendida entre finales de los años ‘50 y principios de los ‘60, sin ser idílico, no podría ser calificado como particularmente negativo, ni mucho menos trágico,  como se nos lleva repitiendo con machaconería ilimitada en estos últimos tiempos. Trágica fue la España de la guerra civil y dramáticas las penurias de la posguerra, pero no la que -tras el Plan de Estabilización del ‘59- convergía económicamente de manera acelerada con los países de la OCDE cuyo crecimiento lideramos para asombro de propios y extraños. El llamado ‘milagro español’ cambió profundamente la realidad de la piel de toro, creando la amplia base de clases medias que dieron lugar a ese franquismo sociológico que permitió que el régimen se extinguiera con su persona, sin impedir que un incipiente e inquieto aperturismo asomara en el horizonte.

Nuestro país no participó en el Mayo del 68 francés, pero también vivió su ‘68 dando  muestras evidentes de la creciente pérdida de sintonía del régimen con la sociedad. El compendio del “España Perspectiva” correspondiente  a ese año, una de las novedosas iniciativas de la editorial Guadiana, liderada por mi tío Ignacio Camuñas, da cuenta de las muchas tensiones que se vivían entre quienes promovían corrientes de apertura frente a quienes intentaban frenar las consecuencias de la transformación que había experimentado la sociedad española, patentes en la clase obrera, la universidad, la iglesia y los medios de información. Fue ese año cuando se hizo oficial la crisis de la industria española que la crisis del petróleo del ‘73 vino a acentuar para –ya en la antesala de la sucesión- dejar el país sumido en notabilísimas incertidumbres, compensadas a medias por las esperanzas que se cifraban en la figura de un joven Rey de 37, del que se sabía bastante poco. 

No tardaría mucho el nuevo soberano en dar sentido a su discurso de proclamación en las Cortes, ni en avanzar en la reforma del régimen. Comenzaba la Transición, de cuya enorme dificultad las nuevas generaciones no son conscientes, pero que posiblemente haya sido el proyecto de reconciliación nacional más ilusionante de nuestra historia. No fue, como muchos afirman, incruenta, pues hubo demasiada sangre inocente derramada, pero sí un tránsito en el que sus protagonistas hicieron gala de inteligencia y talento, condicionados por el miedo a la involución  como a la revolución. Tampoco estuvo exclusivamente liderado desde el interior. Aunque no haya mucha literatura al respecto, hoy sabemos del decisivo papel que jugaron las potencias aliadas para asegurar que el régimen de Franco evolucionase hacia la democracia y el apoyo que se prestó a todos los actores protagonistas. La dimensión internacional de la transición española, analizada por Charles T. Powell en su libro del mismo título él nos aproxima a la idea de que aunque los principales actores del cambio político pueden ser internos, sus estrategias y cálculos políticos habitualmente son moldeados por la presión de las normas y estrategias externas. De igual manera el trabajo coordinado por los profesores  Martin Garcia y Ortiz Heras sobre las claves internacionales en la transición española se nos aclara como el contexto internacional no es algo neutro ni estático, sino que resulta un actor dinámico capaz de legitimar o deslegitimar, influir, limitar, activar acciones y reacciones. 

Hay que reseñar que hubo acontecimientos históricos que favorecieron a España. La revolución portuguesa, un año antes de la muerte de Franco, hizo saltar las alarmas en las cancillerías occidentales ante la eventualidad de un contagio comunista en nuestro país. Las acciones de ayuda directa e indirecta en términos económicos y políticos se multiplicaron, sobre todo desde el ámbito europeo. La tensión bipolar en el Mediterráneo fue inusitadamente alta, debido al panarabismo libio y su acercamiento junto con Siria a la órbita comunista, pero también por las incertidumbres que conllevaban el abandono griego de la OTAN tras la caída del régimen de los coroneles o el ascenso de los comunistas en Italia. El apoyo que EEUU brindó a la figura del Rey complementó al que Europa venía prestando a nuestras  incipientes formaciones políticas.  

Ello no resta mérito a las actuaciones de los actores nacionales. A la vista de la España actual podemos evaluar en su justa medida la generosidad del harakiri colectivo llevado a cabo por los procuradores de las Cortes franquistas, o el reconocimiento de la monarquía y de la simbología nacional por parte de la izquierda comunista, o el rápido acomodo al pragmatismo de los jóvenes socialistas liderados por Felipe González. Fue también un hecho afortunado que la llegada de Mitterrand a la presidencia de Francia se produjera un año antes de la victoria socialista en las generales, vacunando de cualquier tentación nacionalizadora al PSOE (con la excepción de Rumasa), vistas sus catastróficas consecuencias al otro lado de los pirineos. También en el plano económico primó el entendimiento a raíz del segundo shock petrolífero de 1979 que tuvo cumplida respuesta en los Pactos de La Moncloa ese mismo año. No fueron unos acuerdos perfectos -la rigidez de nuestro mercado laboral todavía se resiente desde entonces- pero posibilitaron la salida del atolladero en el que habíamos embarrancado. 

Puede decirse que todos los anhelos largamente añorados. Todas las demandas históricas políticas y sociales, tenían cabida al fin en la España democrática, sin las cortapisas ni imposiciones de unos sobre otros en torno a un pacto contemplado en la Constitución de la que ahora se cumplen 40 años. La democracia española ha gozado de momentos estelares en todos los terrenos durante estas cuatro décadas, pero las carencias en el diseño que la sustentaban han emergido en los últimos tiempos hasta devenir en una realidad tan desvencijada e incierta como la que representaba el tardofranquismo, en el que el régimen parecía seguir vivo, pero la ciudadanía hacía tiempo que había desconectado de él. A estas alturas todos somos bastante conscientes de sus principales fallos y carencias, de la ingenuidad de la que se hizo gala en el diseño autonómico para dar encaje y acomodo a las minorías nacionalistas y su reiterada deslealtad al pacto constitucional. De los perniciosos efectos que ha supuesto la profesionalización de la política en términos de asfixia en los cauces de verdadera representación democrática y de las inmensas bolsas de corrupción que han propiciado.

El papel que han jugado los medios de información merecería un capítulo aparte, pues si en todo el mundo han devenido en un agente de poder notabilísimo sin contrapesos y alejado de su función de reflejar la realidad social, en España son instigadores activos de la erosión de nuestra convivencia desde una incomprensiblemente permitida posición oligopolística. Ello hila directamente con el pobre desempeño de las elites económicas españolas, que parecen despreocupadas del interés general de la sociedad frente a las exigencias del corto plazo. En este capítulo de responsabilidades, hay que situar el de los  liderazgos de los dos partidos mayoritarios que España ha sufrido en estos últimos años, que la historia juzgará posiblemente como nefastos para el acontecer nacional.

De igual manera que comentábamos más arriba, pecaríamos de candidez si pensáramos que la responsabilidad de los hechos que vivimos se circunscribe al plano doméstico. Sin aliviar de culpa a quien la merece, tampoco el caso español es un fenómeno aislado.  EEUU nunca ha vuelto a ser igual tras el 11-S, ni la España que descarriló un 11 de Mayo de 2004 ha conseguido retomar volver a un trazado viario político coherente y acorde con los tiempos que vivimos. Tiempo habrá de constatar fehacientemente hasta qué punto nuestro país está siendo objeto de maniobras e influencias que vienen más allá de nuestras fronteras. Hasta el momento no resulta difícil intuir que la emergencia de nuevos actores de diversa índole en distintas partes del mundo son responsables de la desestabilización de un bloque occidental ya débil de por sí tras la gran recesión vivida y la quiebra estructural del Estado del Bienestar.

Es triste que en 2018, cuarenta años después de la oprobiosa, podamos hacer nuestras las palabras de Joaquín Ruiz -Giménez cuando describía 1968 como un año de “desilusiones y desesperanzas, una losa para muchos sueños”. Pero afortunadamente el pesimismo y la esperanza son siempre compatibles, pues juegan en ligas diferentes. No se puede negar que el Régimen de la Transición atraviesa por una profunda crisis que exige reformas de igual magnitud, en el que urge una limpieza a fondo y la desaparición  Y que el horizonte no parece estar en absoluto despejado de viejas y nuevas dificultades y retos de enorme calado. Pero pensar que los españoles serán incapaces de encontrar nuevos cauces y fórmulas para dirimir sus diferencias no parece una conclusión creíble visto los antecedentes. Lo que sí es probable que ocurra es que muchos de nuestra generación, ya no andemos por aquí para poder comprobarlo. Pero eso ya es otra cuestión.
 


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